LA HUMANIDAD
Hacemos nuestras las antiguas doctrinas que conceden a la Humanidad una proyección temporal mucho mayor que la que hoy se acepta. Se dice que el Hombre apareció sobre la Tierra en épocas remotas, casi cuando el planeta ni había terminado de consolidarse, estableciéndose una importante relación entre la habitación y sus habitantes.
Este Hombre remoto habría pasado por variadísimas etapas de evolución, produciéndose cambios desde lo físico hasta lo metafísico. Los cuerpos se fueron perfeccionando en su expresión y la conciencia fue ganando en agudeza.
Pero, en combinación con esta línea creciente evolutiva, la historia de la Humanidad registra momentos de alzas y de bajas, coincidiendo respectivamente con los períodos de esplendor de las ideas espirituales y los de exaltación del materialismo. Noches y días también se sucedieron para la historia de los hombres, sin que deban interpretarse como marchas y contramarchas: todas las experiencias son positivas y todas tienen un sentido. Nadie retrocede cuando duerme, ni la Humanidad retrocede cuando se adormece en sus momentos difíciles.
Hablar de Humanidad, del conjunto humano, no supone establecer una igualdad de hecho entre todos los hombres. Hay, sí, una igualdad esencial espiritual y hay, por lo demás, diversos grados de evolución que se expresan en las evidentes diferencias entre unos y otros. Pero en esta variedad está la riqueza; en la desigualdad se producen conjugaciones armónicas que de otra manera no podrían existir. Todos los hombres son necesarios, pues todos los hombres tienen una misión que cumplir sobre la Tierra.
La tan mentada libertad, como absoluto, no existe. Toda libertad está condicionada a las leyes inmutables que rigen el Universo. Hay libertad dentro de la predestinación, como hay posibilidad de moverse dentro de una nave que, por lo demás, sigue un rumbo fijo. En todo caso, la auténtica libertad se expresa en el hombre en el cual su espíritu ha conquistado su materia; se trata de una libertad interior que da valor a todas las actitudes exteriores.
Teniendo en cuenta, pues, las leyes inexorables que acabamos de mencionar, nada es casual en el mundo, sino que todo es causal. Todo lo que sucede es la respuesta a una Ley de Causa y Efecto que va eslabonando los hechos según sus naturalezas afines. De lo que se deduce que la peor injusticia que puede vivir el hombre es la de ser injusto consigo mismo, sembrando causas nefastas que habrán de redundar en respuestas análogas. No hay un sino maligno al cual cargar la culpa de nuestras desgracias, sino un tejido de circunstancias en el cual hemos participado activamente - aunque inconscientemente - .