Los cuatro elementos en el cosmos y en el hombre
Delia Steinberg Guzmán
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Recurriendo a una definición de Platón, los elementos son aquellas cosas que componen y descomponen los cuerpos complejos; es decir, los elementos serían substancias simples, primordiales, que configurarían -según las antiguas tradiciones de todas las civilizaciones esotéricas- tanto el Cosmos como el mismo hombre.
Dicho básicamente qué son estos elementos, queremos aclarar por qué hablamos de cuatro. Este número, al igual que el siete, reviste gran importancia en todas aquellas enseñanzas que han tratado de explicar el mundo y los seres vivos. El 4 no es un número elegido al azar; el número 4 está imbricado en el Cosmos.
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Tradicionalmente, en distintas lenguas y con distintas expresiones, siempre se han conocido cuatro elementos básicos constitutivos del Universo, del Macrocosmos y (por consiguiente, del hombre) del Microcosmos.
Estos cuatro elementos son el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra. Si bien empleamos estas denominaciones que nos son muy familiares y conocidas, estos elementos no se refieren exactamente a lo que llamamos fuego, aire, agua y tierra, aunque también los engloban.
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La Tierra se relaciona con la materia concreta, con aquello que está expresado en dimensiones, que puede pesarse, medirse, trasladarse. Esta tierra es justamente lo concreto, aquello que pesa, no sólo en el Cosmos asumiendo forma de planeta, de estrellas, sino que pesa también en nosotros asumiendo forma de cuerpo.
El Agua simbólicamente es la vida que recorre la materia; es la energía que baña la materia; es esa fuerza que hace que la materia pueda entrar en acción y que no sea simplemente materia inerte; es aquello que nos permite caminar, hablar, que hace que tengamos temperatura, que podamos decirnos vivos y hace que estén vivas todas las cosas que en el Cosmos se mueven, cumpliendo leyes inexorables y matemáticamente perfectas. El Agua es, pues, vitalidad; el Agua es la «sangre» de la Tierra, lo más vital, lo más fuerte.
El Aire es la psiquis; es el conjunto de emociones y de sentimientos; es aquello que nos inclina hacia las cosas, a favor o en contra de ellas: lo que nos mueve en el plano del sentimiento. Esto es el Aire: la expresión de lo que se siente, el mundo de la emoción.
El Fuego es el mundo del pensamiento; de la idea; de la gestación en un plano tan abstracto que sólo puede captarse por otra entidad tan abstracta como es en nosotros la mente, como es en el Cosmos el Fuego.
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Así pues, cuando los antiguos se referían a sus dioses de los elementos, cuando adoraban al Fuego, al Aire, al Agua, a la Tierra, no lo hacían tan sólo a esta representación física que tenemos en la tierra, sino que intuían aquello que estaba más allá: intuían la esencia escondida detrás de la presencia de los elementos.
Para la Antigüedad fue siempre algo indiscutible el hecho de que los planetas, las estrellas, no eran entidades muertas o girando al azar en el espacio, sino que eran cuerpos vivos sujetos a leyes y a evolución, cuerpos que encerraban espíritus de la misma manera que el hombre lo hace, por esta continua relación entre el Macrocosmos y el Microcosmos.
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El Fuego es el elemento que ha motivado los símbolos más destacados de todas las religiones, no sólo a nivel de deidades o entidades que representan Fuego, sino aún a nivel de construcción de templos.
Por ejemplo, las pirámides: todas las construcciones que revisten la típica configuración de un cuadrado asentado en la tierra, de los triángulos que se elevan como llamas, y que coinciden en un punto final, son templos dedicados al Fuego. La misma palabra «pirámide» que utilizamos, encierra en su raíz pir el concepto Fuego. Es el templo elevado hacia aquello que, estando en la parte más alta, sin embargo contiene a todo lo demás, y a lo que siempre se le ha dado -simbólicamente hablando- más importancia que a todo lo demás.
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Si el Fuego es mente, posibilidad de pensamiento, de trabajo con las ideas, de captación, el Fuego indudablemente supone Sabiduría. Así, Fuego es Saber y Saber es la culminación del Hombre.
Aire es igual a Osar. Es esa capacidad de coraje con la cual hemos de ayudar al conocimiento; es algo más que fuerza, es impulso, es fe. Osar, precisamente, es no conocer el miedo, es lanzarse porque hay que llegar a la Sabiduría.
El Agua es Querer; es decir, para poder ser valiente y sabio, primero hay que querer verdaderamente. No es tan simple como pueda parecer: estamos acostumbrados a decir: «quiero irme de vacaciones», «quiero ver una película», el querer se ha transformado en una palabra de poco contenido, por consiguiente, refleja poca voluntad de realización. Pero este querer es mucho más hondo, viene desde la raíz íntima del hombre. Y este querer se dirige hacia los destinos últimos del hombre.
Y el elemento Tierra equivale a Callar. El primer paso del camino es el silencio. Es lo que tanto nos llama la atención sobre todas las civilizaciones antiguas para las que los grandes conocimientos estaban encerrados dentro del conjunto del Esoterismo. ¿Por qué esotérico? ¿Por qué cerrado? ¿Por qué guardado? Porque, si no se calla, es muy difícil querer; si no hay silencio, es muy difícil osar, es muy difícil saber.
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Nuestra misión está en descifrar los símbolos, en aprender ese lenguaje de maravillas que permitiría que todos volviésemos a comprendernos en una única lengua, que todos volviésemos a sentirnos hermanos en una única tradición, en un único conocimiento.
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